'BABY DRIVER'. Cuento dulce sobre el crimen



CRÍTICA DE CINE

'Baby Driver' (Edgar Wright. Reino Unido, 2016. 115 minutos)

Nos encontramos frente a un gran espectáculo cinematográfico, inédito hasta ahora, gracias a sus escenas de acción, sus originales diálogos y al acompañamiento musical de lujo con el que cuenta la película.

Se podría decir que su director, Edgar Wright, ha creado un nuevo género en el séptimo arte. ¿Que incluye temas de fondo que son maravillosos para cualquier oído melómano? No, no es eso exactamente. ¿Que los protagonistas se ponen a cantar y a bailar cuando suena la música? No, eso sí que no. ¿Que la música es fundamental para que la película avance en cada secuencia, en cada plano? Sí, es justo eso.  Baby, el protagonista, necesita las canciones de su(s) iPod(s) no solo para existir, ni para aliviar una dolencia física, sino que no da un paso adelante si no es con la música apropiada para cada momento, ya sea alegre, emocionante o triste. Y lo mejor es que no solo la escucha él, sino todos los espectadores, que descubren mientras va avanzado el metraje, que son los diálogos los que están detrás de la banda sonora, y no al revés, como es lo habitual. Cuando uno es plenamente consciente de lo que ocurre, no hace falta ser muy avispado para comprobar que cada movimiento de los actores, cada pirueta que realizan los coches o cada disparo de un tiroteo, coinciden a la perfección con las notas y los acordes de las canciones, consiguiendo elevar a la cinta hasta un nuevo nivel nunca antes explorado en la gran pantalla.

Tanto el contenido de la película como su estética, consiguen que desde la butaca se pueda retroceder en el tiempo, ya que aunque la acción se desarrolle en un entorno contemporáneo, da la sensación de que en realidad son los años 50 plasmados en una película creada en los 80. Buenos ejemplos de todo esto son la cafetería americana, la grabadora, los automóviles o la pasividad de los personajes femeninos en sus actos y aspiraciones. Incluso la historia de amor que nos muestran tiene ese toque infantil de algunos clásicos como ‘Grease’, ‘Dirty Dancing’ o ‘Vacaciones en Roma’, en el que el amor es puro y sencillo desde el principio y nada importe excepto su futuro como pareja. Tanto esto como algunos diálogos que rozan el esperpento, pueden hacer que el film pierda algo de credibilidad, aunque realmente es el objetivo que tiene, ser un cuento. Un cuento con su protagonista, su princesa, sus antagonistas y sus aprendizajes.

Ansel Elgort es el encargado de dar vida a Baby, personaje que desprende un carisma bastante especial y diferente al papel que tenía en la saga ‘Divergente’, sobrio, aburrido, sin sangre. Aquí nos demuestra que puede tener chispa en pantalla, aun interpretando a un chico solitario, marcado por la tragedia y al que le gusta hablar más bien poco.

Los personajes secundarios hacen que la trama avance de una forma más dramática de lo que le gustaría a Baby, pero no están del todo desarrollados e incluso se echa de menos un poco más de profundidad en algunos de ellos, ya sea Kevin Spacey y su papel de jefe cruel/bondadoso o Jon Hamm, haciendo de delincuente encantador/psicópata. Solo Jamie Foxx consigue hacer que su personaje nos demuestre lo que es desde el principio, aunque está muy llevado al extremo. El amor de Baby es interpretado por Lily James, que aporta bastante dulzura a la trama, pero que en muchos momentos parece que sigue interpretando a la Cenicienta en aquel remake de acción de real que hizo Disney en 2015.

En definitiva, Wright ha hecho de ‘Baby Driver’ la mejor de sus películas, con muchos ingredientes para entretener, emocionar, reír, mientras contemplamos gran cantidad de larguísimos planos secuencia realizados a la perfección y olvidamos el surrealismo de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, una de sus anteriores películas.

DAN CÉRBER

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