viernes, 23 de junio de 2017

‘CRISIS IN SIX SCENES’. Allen siempre vence

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CRÍTICA DE SERIE
 
‘CRISIS IN SIX SCENES’ ( Director: Woody Allen. País: Estados Unidos. Duración: 25 minutos. Año: 2016.)


Tras una película tan decepcionante como poco alleniana, ‘Café Society’, el director neoyorquino ha decidido reencontrarse con aquel yo anterior. ‘Crisis in Six Scenes’ es un disparate delicioso en el que se vuelve a primar el gag por encima de la historia como ya ocurriese en sus inicios como cineasta. El mero hecho de que sea el propio Allen el protagonista de la historia ya dota a la misma de un significado importante y más teniendo en cuenta lo poco que le gusta actuar últimamente. 

Una serie era una de las pocas cosas −quizá la única si no tenemos en cuenta la escultura− en la que Allen no había probado suerte. El cine, el teatro, la ópera, el dibujo… habían aportado resultados igual de exitosos en su carrera. Una serie no deja de ser algo osado y más si atendemos al fenómeno que se ha creado desde hace ya demasiados años. ¿Qué necesitaba demostrar este “hacedor” de historias? Nada. Amazon, con su chequera repleta, supo tentarle y hacerle sucumbir para que se adentrara en ese curioso mundo de los episodios. ¿Realmente era algo nuevo para Allen? Se podría considerar que no si atendemos a lo que han sido no pocos filmes suyos concebidos como pequeños capítulos dentro de una temática. Sí resulta algo diferente el tipo de historia en el que ha decidido centrar estos seis capítulos impregnados de homenajes y autoplagios. 

Resultado de imagen de crisis in six scenesMuchas son las críticas que Allen ha vertido sobre la tensión que le ha causado el rodaje de la misma. Suena más a llanto tramposo que a realidad. Cada episodio es una sucesión de momentos divertidos o hilarantes en el que toda esa aparente formalidad temática se vuelve tan alocada como sensible. Todo se sitúa en los años 60. Sidney y Kay forman un matrimonio peculiar. Ella, consejera matrimonial, y él, escritor −nuevamente obsesionado por esa gran novela que debe escribir−, aunque al comienzo de la historia está muy centrado en vender una serie a la televisión. El matrimonio lleva una vida tranquila y agradable hasta que una noche el pasado, envuelto en joven revolucionaria, hace su aparición en casa. Ese es el momento en el que el ingenio de Allen campea a sus anchas por cada secuencia. No busca complicarse lo más mínimo. Conoce el camino del humor y guía al espectador por unos derroteros grotescos y entusiastas.

No hay un solo elemento que no sea reconocible. Su forma de lidiar con su nueva inquilina, la neurosis, el terror, el absurdo y el enfrentarse a problemas innecesarios aportan a cada capítulo un ritmo trepidante. La duración es perfecta. Ningún capítulo supera los 25 minutos y logra poner el gancho para que se acuda al siguiente con premura. El poder que tiene Woody Allen en pantalla es fascinante. Es capaz de dotar a cada una de sus pulsiones un nuevo reto vital. Es el mismo personaje que se le ha visto en tantas y tantas películas, pero consigue darle una intimidad que lo convierte en único. Ya sea en una peluquería solicitando al peluquero el look de James Dean, en el médico con su neurosis por el dedo pulgar, por esa úlcera que no han diagnosticado porque no la han encontrado, jugando a ser un mentiroso con un policía, o decepcionado al ser confundido con Salinger consiguen que, pese a no tener una trama que vaya más allá de lo curioso, resulte efectiva. 

El reparto que ha conseguido reunir vuelve a ser extraordinario. Las dudas que podía suscitar la aparición de Miley Cirus se ven despejadas a los pocos minutos. Es capaz de ser un elemento interesante y, tan contrario a él, que en ese contraste reside el éxito de lo que propone la historia. La verdadera triunfadora de la serie es Elaine May, que realiza el papel de su mujer. Su anterior colaboración con Allen ya fue un éxito en la irregular ‘Granujas de medio pelo’ (2000), pero es su papel de mujer, terapeuta y “revolucionaria” en donde consigue la mayor hilaridad de la propuesta. Sabe llevar a su marido mediante argucias y engaños dulces que siempre buscan un fin. Los momentos en la consulta, con esas parejas abocadas al fracaso emocional junto con las amigas ancianas que conforman el club de lectura, son instantes colosales. El personaje evoluciona hacia una revolución intelectual con Mao a la cabeza que no deja de ser un auténtico dislate brillante.

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El comunismo en la mira de la escopeta, el deseo de que esa inquilina revolucionaria se marche, el hechizo sufrido por el hijo de unos amigos íntimos que está alojado en casa de Kay y que cae rendido ante los encantos de esa mujer kamikaze suman a todo lo que ya estaba expuesto. El hecho de enamorarse de una mujer con la que se conoce de antemano el fracaso recuerda a ese Woody, personaje de tantos títulos, que caía rendido sin remisión ante esas mujeres frenéticas, ‘Maridos y mujeres’ (1992). Los momentos en los que la intriga hace su aparición llevan a no pocas escenas de ‘Misterioso asesinato en Manhattan’ (1993). El homenaje más extraordinario es, una vez más, a los hermanos Marx, concretamente a la escena del camarote de ‘Una noche en la ópera’ (1935). En eso acaba transformada la casa en la que viven. Cada visita, más extraña y sin sentido. Una maravillosa conjunción de obsesiones −micrófonos en los burritos−, deseos, miedos, comidas, más deseos, fracasos y escritura.

La dirección de Allen es muy sobria y eficaz. Emplea el plano secuencia con elegancia, demostrando que las composiciones que realiza son efectivas y no aburren. Es muy importante que un plano secuencia sea capaz de mantener esa tensión que se debe unir al ritmo interno de la secuencia para que el mismo no resulte tedioso. Se reserva planos muy llamativos para sus expresiones y todo se agiliza con un montaje muy ilustrativo y dinámico. La dirección de fotografía es elegante y se impregna de ese espíritu alocado que mantiene cada capítulo. Eigil Bryld es un amanuense dotado de talento para manejar esas luces que transitan por el clima de la escena, algo no tan común en algunos proyectos televisivos.

‘Crisis in Six Scenes’ es una historia con personajes reconocibles que consiguen proporcionar una sensación tan cercana que sus múltiples carencias, en lo que se refiere a efectos dramáticos, no tienen importancia alguna. El hombre de Brooklyn ha confeccionado su producción más divertida desde su notable película ‘No te bebas el agua’ (1994). No hay un solo director en la actualidad que sepa reencontrase en tantas ocasiones como Woody Allen. Será el tiempo el que confirme que logró crear un estilo nuevo dentro del panorama cinematográfico −por mucho que a él le pese−.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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