martes, 20 de febrero de 2018

‘CAPULLO QUIERO UN HIJO TUYO'. La vida, ellas y ellos o no.



 




CRÍTICA DE TEATRO                                                             


'Capullo quiero un hijo tuyo'

Autor y dirección: Javier Durán.

Sala Azarte (Madrid).


La pluma de Javier Durán siempre es mordaz. Se maneja con soltura en esa barrera que une el humor con la rutina. Lo tratado en ‘Capullo…’ posee un llamativo doble rasero. Por un lado, los dos amigos, Lucas y su lugarteniente, que casi es un Sancho Panza contemporáneo, encorsetados en el síndrome de Peter Pan, con su recorrido vital de mujeres, bebida y anhelos. Por otro, la parte más ‘racional’ -en principio- que es la pareja formada por Mamen y Diana. Tan racional como que quieren tener un hijo a costa de alguien guapo.  Para ello, no tienen reparo en acudir a una discoteca y allí buscar al galán en cuestión. Las escenas en sus transiciones avanzan y lo que un principio podría ser algo que se quedase en cierto estereotipo -muy buscado- comienza a recrudecerse cuando ya los sentimientos, los celos, el enchochamiento, la traición, la decepción y la esperanza se intercalan de un modo fresco. 

En ese instante la función se adentra en esa hipérbole emocional en el que los encuentros, los desencuentros y los engaños se abrazan en busca de un fin común. El humor es el arma que se emplea para que todo tenga cabida, pero Durán no se olvida de que escribe sobre personas y huye de caer en lo sencillo. La palabra es la que gana por goleada. No son necesarios muchos de los elementos escenográficos que en ocasiones parecen dictar la posición de los actores. El texto es lo suficientemente claro para no necesitar de mucho más. Los interludios musicales siempre están perfectamente introducidos y consiguen que las elipsis sean consecuentes en su propuesta.

El reparto se maneja con soltura. Todos en una misma dirección con sus roles debidamente marcados y defendidos. El personaje interpretado por Ana Marrufo es el que más aspectos íntimos llega a ofrecer y la actriz imprime un plus en esos vericuetos emocionales con los que dota a cada una de las acciones sin caer en la trampa evidente.  Las acciones son ágiles y buscan ese fin común que es el hacer algo divertido de todo aquello que puede parecer desolador. 

‘Capullo quiero un hijo tuyo’ divierte y se asiste a esa evolución por la que transitan los personajes en ese camino tan ondulante que es la vida y sus circunstancias.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

domingo, 18 de febrero de 2018

'AIRE SIEMPRE DE VIAJE'. Lo que es mejor no decir




CRÍTICA DE TEATRO

'Aire siempre de viaje'
Autora: Sara García Pereda.
Dirección: Pablo Canosales.

El Umbral de  Primavera (Madrid).


El texto de Sara García Pereda ya había sido publicado por la editorial Esperpento Ediciones Teatrales.  Este acontecimiento ya indica una propuesta valiente por el teatro que se viene realizando en la actualidad. La obra en su estructura posee cierto paralelismo con ‘Traición’ de Harold Pinter. El conflicto emocional avanza, regresa y jamás se queda inerte. 

La dirección de Pablo Canosales unido al acortamiento del original, consiguen que la acción posea un mayor dinamismo y que el texto no se vea lastrado por ello. Más bien, se potencia una intencionalidad de desconcierto emocional que ayuda a que el espectáculo avance sin freno.  Las fluctuaciones temporales son un acierto y están bien resueltas escénicamente. Nunca generan confusión en el espectador. Se asiste a lo que han compartido dos personas. Fricción, sentir, distancia, miedo, preguntas no formuladas, respuestas ajenas y el paso del tiempo. 

El qué hubiese pasado si… es la tónica que reina en el transcurso de las diversas situaciones. Finalmente, todo son decisiones: viajar, no viajar, ir, no ir, pintar, decir, callar. Para ofrecer cabida a toda esta amalgama sentimental, Canosales, opta por una escenografía altamente resolutiva y con ecos a Kandisky, creada por Laura Costero y Tania Tajadura. El suelo es de pizarra y sobre él dan rienda suelta a conjugaciones numéricas ambos personajes. El hecho de que Nadia sea pintora -además de animadora- sirve a las mil maravillas para tal recurso escénico. Ambos hablan de sus anhelos. Fer, con su bici a cuestas, Nadia con sus pinceles y su arte. Ninguno comprende al otro en lo que son sus sueños, pero se esfuerzan y fracasan, pero no importa. Ambos de un modo u otro, se necesitan en ese cuadrilátero. Queda menos claro el motivo por el que los personajes salen en ocasiones de ese espacio marcado. No era necesario porque ese cuadrado es el lugar en el que ambos se buscan.

La iluminación funciona y se ajusta con delicadeza a los diversos estados emocionales por los que atraviesan Nadia y Fer. Las interpretaciones de Violeta Orgaz y Juan Caballero son verosímiles. Hay diversos fraseos demasiado literarios pero que ambos actores conllevan y salen airosos. Orgaz imprime ternura y búsqueda. Su modulación y dulzura en sus tonos imprimen a ese personaje un plus en toda su búsqueda.

La dirección de Pablo Canosales es hábil. Mueve a los actores con elegancia. No despistan los movimientos y consigue que ambos impriman esa intimidad necesaria para mostrar todos los aspectos de la relación que existe entre ellos. ‘Aire siempre de viaje’ es una apuesta inteligente con homenajes encubiertos y una buena resolución.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 20 de enero de 2018

MANIFIESTO SOBRE EL 'TEATRO ACONTECIMIENTO'


Llevamos tiempo rumiando una teoría. El ascenso de Ciudadanos y el reciente Síndrome de Stendhal continuo en redes sociales y páginas culturales tendría su causa en la derrota del "periodo revolucionario" del 15-M, la Primavera Árabe y el Occupy, entre otras manifestaciones colectivas recientes. 

Esas entradas recién puestas a la venta en la web agotadas meses antes del estreno, esa avidez por no perderse la obra-que-no-te-puedes-perder.

Escapismo. Y no nos referimos a la gente que va, a los espectadores. Hablamos de una especie de 'Zeigeist', una tendencia a refugiarse en teatros donde todo es maravilloso, todo tiene que ser maravilloso. Vivimos en la hipérbole cultural continua donde el montaje del siglo (en 2018) precede por unos días a la mejor obra del año (en enero), después de haber tenido la suerte de poder haber asistido desde septiembre a unos diez montajes maravillosos, de los que te marcan, de esos de "qué afortunados hemos sido, qué privilegio (no exento de cierto mérito personal) haber asistido a la Belleza".

C´s viene a ser la forma presentable de gestionar la derrota sin visibilizar lo nuevo, ni un cambio, como si fuera exactamente lo viejo lo que había que derrumbar. Además su discurso permite culpabilizar a todo aquello que no es narrativa homogénea de no querer que las cosas se calmen. Nos ofrece no ser los últimos de la carrera, los pringados, cierta descarga de frustraciones. 

El 'Teatro Acontecimiento' nos permite la ilusión de asistir a una belleza efímera, de poseer ese privilegio y saber valorarlo. Cierta "aristocracia cultural" (como podrían ser en los 60´s los avistadores de OVNI's), pertenecer a una determinada comunidad cerrada, especial. 

LA CARCOMA

miércoles, 29 de noviembre de 2017

'TROYANAS'. Carente de fuerza


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CRÍTICA DE TEATRO

'Troyanas'
Dirección: Carme Protaceli.
Teatro Español (Madrid).

 
Tras los primeros minutos de función ya se es consciente de que la misma no va a llegar a ninguna parte. La adaptación y la dirección se han quedado en medio de la nada. Desde el texto -se agradecen los recortes del original- se constata que la propuesta naufraga por todos los costados. Por un lado, parece que Alberto Conejero quiere actualizar a Eurípides pero por otro, su intentona, se queda varada en lo que ya era el original. No existe posibilidad de que ambas ideas prosperen porque la valentía es nula y las palabras se pierden. Tampoco la dirección de Carme Portaceli tiene un pulso férreo. Hay un juego corporal que no concuerda con el resto de la propuesta. Se abusa del tono declamativo que perjudica -y mucho -al avance textual. La escenografía tampoco aporta. Esa T invertida en la que se proyectan imágenes de guerras actuales resulta impostada. 

En el aspecto interpretativo todo es irregular también. Aitana Sánchez-Gijón grita demasiado y sus tonos transitan entre la alta burguesía y el habla “macarra” que imprime en demasiados momentos. Esto le resta potencial a ese personaje que sufre de una manera tan intensa como es Hécuba. Nacho Fresneda -Taltibio- busca la naturalidad y en instantes lo consigue, pero en otros se hace patente que el propio texto ralentiza lo que él podría ofrecer. Maggie Civantos gana por partida doble en su papel de Elena. Es natural y nunca excesiva. Sus monólogos son lo mejor de la función. Alba Flores pelea con naturalidad al dar vida a Políxena y lo consigue en sus largos parlamentos. El problema son los movimientos que realiza debido a que la propuesta es difusa. El resto del reparto debe pelear con frases y acciones que no les ayudan en el tránsito de su dolor. Pelean para defender sus acciones, pero el aspecto textual y la dirección les complica mucho todo el trabajo.

‘Troyanas’ no es un buen montaje y el mismo, pese a la corta duración, llega a hacerse pesado. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 20 de noviembre de 2017

'SOBRE LA MESA'. Buen mimbre para enfrentarse al ser humano


CRÍTICA DE TEATRO
'Sobre la mesa'
Director: Cayetano Limorte Menchón.
Teatro El Montacargas (Madrid).

Trabajar desde la verdad no siempre es fácil. El debut en la dirección de Cayetano Limorte deja sobre las tablas un resultado sugerente. Enfrentarse a tres autores como Federico García Lorca, Tennessee Williams y August Strindberg implica ya una intención valiente. Los tres son autores muy representados. ¿Qué puede aportar alguien que se inicia en la obra de tales eminencias? Sin duda alguna, las tres adaptaciones conviven en el escenario a las mil maravillas para formar una apuesta profundamente ligada en su motivación. De los tres autores, se podría destacar por encima de las demás, ‘La más fuerte’ de Strindberg. Limorte tiene en cuenta que el autor sueco fue el dramaturgo más influyente y que proporcionó un impulso radical al teatro. De ahí que su momento sea muy notable, ese falso monólogo −de dos− en el que las intenciones, los reproches y las heridas sin cicatrizar reinan en la escena. Solo con esa parte, ya se podría constatar que Strindberg fue el precursor de la modernidad que puede existir en el teatro actual. Cuando se adaptan textos, y más de tal índole, es imprescindible que la apuesta arroje esa valentía que necesita el adaptador-director para dar ese golpe en la mesa que inicie un camino que pretende ser largo. 

El sentir herido, el amor, la rabia, el dolor y una falta de esperanza que se respira a lo largo de una puesta en escena que acierta en una propuesta que nunca se asfixia. Conseguir tomar los textos de Lorca y de Williams y que los mismos funcionen, pese a ser extractos, ya deja constancia del talento por la capacidad de selección. Las interpretaciones de Leyre Juan y JM Rihbany siempre están a la altura y mantienen el tipo en los diferentes envites. Si bien es cierto que en algún momento sus tonos se elevan algo si atendemos a ese naturalismo que parte de la dirección. Defender roles tan diferentes no es tarea sencilla. Todos los personajes tienen una entidad formidable, ser capaz de combinarlos es digno de elogio. La iluminación y el espacio sonoro se integran sin fisura en la obra. ¿Y si no se hubiesen dicho qué textos se trabajaban? El viaje sería parecido, pero con la particularidad de una incertidumbre que en ocasiones se puede agradecer.

‘Sobre la mesa’ acaba de comenzar su andadura. El espectáculo crecerá. Tiene que hacerlo para que todas esas ideas se consoliden y para ello necesitan que un teatro les proporcione más representaciones. La dirección necesita constatar ciertas propuestas en las transiciones y seguir probando para terminar de engrasar el espectáculo. Figura a seguir, Cayetano Limorte. Es posible que en su siguiente aventura se atreva con un texto propio. El tiempo dirá.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

jueves, 21 de septiembre de 2017

'RENDICIÓN'. Viaje errático


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CRÍTICA LITERARIA

‘Rendición’ 
Autor: Ray Loriga
Editorial: Alfaguara
Páginas: 210




Los premios literarios españoles desde hace tiempo han perdido consistencia. En numerosas ocasiones suelen ser mucho mejores los finalistas que los propios ganadores. Que ‘Rendición’ haya sido galardonado con el Premio Alfaguara de novela consigue que las alarmas salten sin posibilidad de apagarlas. Se puede constatar que la gran mayoría de premiados son muy conocidos -famosos para el gran público-, el hecho de que no lo sean puede condenar a las editoriales organizadoras a que no vendan lo suficiente. Ray Loriga ya formaba parte de la nómina de escritores de la editorial. Solo hace falta atar cabos para hacerse una idea de lo que pueden entrañar determinados premios literarios.

Loriga es un lector comprometido y con muchas lecturas a sus espaldas. Eso no es discutible. Otro asunto es que se decante por influencias cercanas a Huxley o al Coetzee de ‘La infancia de Jesús’ de un modo tan fallido, como si no hubiese asimilado bien los originales. El desarrollo de la estructura es demasiado inconsistente para que posea fuerza por sí misma. 

El juego metafórico que establece Loriga no está correctamente hilvanado. Sí, perfecto que todo pueda relacionarse con muchos lugares que ya no existen por desaparecer el Estado al que pertenecían en algún conflicto, pero quedarse en esta propuesta no ofrece un elemento de entereza en ese juego de lo reconocible, escondiéndolo en una novela de lugares sin nombres. Un hombre, su mujer, un niño a su cargo, una guerra que lleva más de diez años, la derrota, la rendición, las relaciones íntimas, el no preguntar, el no pensar… Son elementos que pueden poseer fuerza, pero tal y cómo están dispuestos en lo narrado no tienen el efecto esperado. 

Loriga es hábil a la hora de escribir de un modo sencillo. Se agradece que las 210 páginas se lean de un modo ágil y todas esas ideas en las que redundan una y otra vez no terminen de atragantarse `por el empleo de un lenguaje complicado. La novela está narrada en una primera persona sin fuerza ni demasiado interés. Los personajes son fantasmas sin entidad más allá de la anécdota. La llegada a esa ciudad de cristal en la que todo se ve no es más que una crítica muy evidente a elementos plenamente reconocibles. Aunque todo puede coquetear con cierto espíritu de Cormac McCarthy, el resultado es insatisfactorio a todas luces. ¿Hacia dónde se encamina toda la historia? ¿No hubiese sido similar con cien páginas menos? Se busca incomodar al lector, pero no lo consigue. Agota en esa redundancia que se asfixia en una falta de argumento que indique que todo forma parte de una historia.

‘Rendición’ es quizá una intentona por parte de Loriga por alejarse de los universos que suele describir. El premio recibido es demasiado para lo que ofrece.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

miércoles, 20 de septiembre de 2017

'CRUDO'. Canibalismo al borde la madurez



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 CRÍTICA DE CINE

CRUDO ( Julia Ducournau. Francia. 2016. 98 minutos)


 ¡Qué maravilla poder comprobar que todavía existen productores valientes! En Francia se aprecia un arrojo que en España brilla por su ausencia. Es agradable comprobar que los múltiples premios que ha recibido la cinta -uno de ellos en Cannes- son merecidos. Julia Ducournau realiza una apuesta que parte de la serie b y que flirtea con el gore, pero lo realiza de un modo elegante. Todo comienza desde un orden. La corrección de esa formalidad de la pequeña de la familia que entra en la facultad de Veterinaria. Allí le espera su hermana, algo más rebelde y con más arrojo. Esa timidez se va perdiendo por medio de unas novatadas un tanto insulsas pero que van calando en esos instintos feroces que se despiertan con una sed agónica. Los primeros treinta minutos son de toma de contacto. A partir de un accidente fortuito se inicia el festival de instintos carnívoros que va a tener lugar. Desde ese accidente todo se muestra de un modo valiente. No opta por la sugestión o el disimulo. Ducournau filma con severidad y arrojo. No oculta la sangre ni los mordiscos ni las carnes ni el deseo. Lo hace de una forma que en ocasiones flirtea con lo elegante. 

Los impulsos incontrolables están íntimamente ligados a un despertar sexual que, combinado con la carne cruda y el alcohol, sacan a la luz a unas fieras indómitas. Tampoco se ocultan desnudos y los acontecimientos se tratan con una normalidad que roza el humor en numerosísimos casos. Otro de los aciertos de la propuesta es la curiosa combinación de géneros que la misma propone. Su estilo acompaña y es la banda sonora lo único que no va en consonancia con la originalidad de lo que se narra. En ciertos momentos parece hacer homenajes a las películas de hombres lobo -irracionalidad, falta de control y memoria- pero en otros alude a la tensión de las relaciones familiares. Esos impulsos están por encima de cualquier cosa. La muerte es algo que deja de tener importancia. No es tan difícil organizar accidentes para poder alimentarse de las vísceras de los cadáveres. 

La protagonista, una extraordinaria Garance Marillier -que ha protagonizado casi todo lo que  ha realizado la directora-, aporta sensualidad, salvajismo, entereza y verosimilitud, a todas esas propuestas que rayan lo inapropiado, pero que con una buena dirección consiguen transformarse en algo valiente y muy bien planteado. El resto del reparto funciona a las mil maravillas y se integra en ese diabólico universo de ocultación, hambre y anhelo. 

‘Crudo’ ofrece una conclusión muy ingeniosa que consigue que la película posea un empaque poderoso para que todo consiga cerrarse tan notablemente en una historia muy compleja que nunca pierde el control sobre lo que cuenta.  

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 

viernes, 15 de septiembre de 2017

'ENSAYO'. Rambert da vida a los Kamikazes

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CRÍTICA DE TEATRO

'Ensayo' 
Autor y director: Pascal Rambert.
Teatro Kamikaze (Madrid).

Tras una primera temporada con más sombras creativas que luces, comienza una segunda con un sugerente texto del francés Pascal Rambert. Si ya provenía de un éxito considerable con su sobrevalorada ‘La clausura del amor’, este texto supone un paso más en su creación dramática. 

‘Ensayo’ se divide en cuatro falsos monólogos -falsos en cuanto a que existen en algunos momentos pequeñas intervenciones a lo largo de los mismos- La decepción es la primera piedra en el engranaje creativo que propone el autor/ director. Sobre el mismo todo se articula. Quien da el pistoletazo de salida es Fernanda -Orazi-. Su interpretación siempre es buena. Algo desmesurada en momentos concretos, pero es debido al texto que no le acompaña en su buen hacer. El abuso de las metáforas no ayuda a que el mismo -el más largo de los cuatro- tenga el empaque que la actriz y sus emociones parecen buscar. Todo viene de una infidelidad a partir de ahí, todo es posible.

 El desencadenante sentimental es el que hace temblar una estructura exitosa. Los cimientos de la amistad, el amor y una misma filosofía parecen derrumbarse. El Pascal autor se adentra con inteligencia en la semiótica teatral sin resultar cargante. Eso ya es todo un logro. La segunda en tomar la palabra es María -Morales-. Su interpretación también es sobresaliente. Consigue transitar por todos los espacios de la emoción que posee su personaje. Esto se acompaña con un texto más directo que el introductorio. María siente y es valiente. No tiene miedo a mostrarse cómo es. Todas las cartas están sobre la mesa de trabajo. Ya nada hay escondido. Es un juego muy Strindbergriano. Dos parejas, una infidelidad, el deseo oculto, el amor, la pasión, la creación y la omnipresente decepción. ¿Qué se pretende con la verdad? Nada queda debajo de la alfombra. No hay vuelta atrás. Tal y cómo sucedió tras el primer monólogo, María también termina tumbada en el suelo tras las lágrimas.

La tercera comparecencia es el dramaturgo y el causante de los celos y de la previsible separación. Su intervención es magnífica y conspicua. Jesús -Noguero- no se justifica. Es un artista que lucha por lo que es él y él es su obra. Lo demás está por debajo. Jesús realiza un trabajo impecable. Es capaz de tener intimidad con los tres personajes. Habla desde la furia del creador. Un egoísmo reconocido y que no disimula son los que proporcionan esa fuerza en su discurso. Posee destreza en sus embestidas. Ya no hay miedo. Todos asumen lo que ha sucedido. Son años de trabajo juntos. Años de desarrollar una estructura que se queda sin sujeción. ¿Dónde irá todo?

El cuarto monólogo es el del director. Su muestra de violencia incontrolable inicial es injustificada   inverosímil si se atiende al tono de su discurso. Isra -Elejalde-que destaca en las escuchas y en las acciones comedidas de sus tres compañeros, a la hora de soltar su intervención es el más flojo. Parece no pertenecer a la obra y a la problemática que les enfrenta a los cuatro personajes. Tampoco ayuda que Elejalde no ofrezca ningún arco emocional para su personaje -y tenía muchísimos argumentos para mostrarlos sin caer en la sobreactuación-. Es demasiado lineal y no se aprecia evolución alguna. Su forma de interpretar no ofrece matices diferentes a los que ya se vieron en ‘Hamlet’ o en cualquiera de sus trabajos anteriores.

La apuesta textual es notable, pero termina asfixiándose en un discurso que no tiene fuerza alguna. ¿A qué viene ese reclamo a los jóvenes? No posee empaque esa apuesta por desviar la atención de la problemática inicial. No existe consistencia. La ruptura con la cuarta pared que propone es interesante y tiene su explicación en ese experimento metateatral que ofrece. Los cuatro protagonistas son miembros de una misma compañía con un proyecto en ciernes. Se habla del texto en el que trabajan -siempre presente- y todo el proceso de investigación que les ha llevado al instante de la función. Hay partes de ese texto y sus personajes hablan y se preguntan. Los elementos políticos con ecos del pasado no terminan de concretarse, de ahí que no tengan el empaque necesario para ser parte presente en la función. También sus reflexiones como actores pueden ser sugerentes a la hora de analizar esas opiniones sobre lo que puede suponer formar parte del teatro.

La iluminación y la escenografía son muy funcionales. No se necesita más. Quizá hay bastante escenografía que no se usa, pero lo que se busca es reflejar un lugar de trabajo de cuatro personas que formaban un todo y que ya van a dejar de ser lo que fueron No hay vuelta atrás. Un momento muy destacado es el número musical en el que Isra y Fernanda bailan y cantan ‘De amor ya no se muere’ de Gianni Bella. Es el interludio musical que Rambert, como ya hiciese con la ‘Clausura del amor’ en forma de coro, introduce en la mitad del espectáculo.

‘Ensayo’ es una propuesta buena, pero se pierde en instantes textuales que restan fuerza al conjunto, pero es digna de mención por su combinación de filosofía, teatro, fracaso y creación.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ